Ofrecemos aquí, por primera vez, un cuento para niños. Creemos que es un cuento magnífico. Es de Samad Beh­rangui. Pero... ¿quién es Samad Behrangui? Pues un clásico de la literatura infantil iraní. Pero, con decir sólo esto no vale, hay que decir algo más.

Nació en una pequeña al­dea de Azerbaidján (Irán). Ejerció de maestro de niños por distintos pueblos de la zona. Y supo muy pronto com­prender y co­nocer la sociedad.

Escribió cuentos y algunos ensayos literarios. Pero sobre todo fue en cuentos "para niños" donde brilló con luz propia; cuentos "para ni­ños", si, pero... como decía un sabio: "sus histo­rias son es­critas para los niños, mas los adultos se inspiran en ellas".

Behrangui vivió con su fami­lia en la pobreza y en la mi­se­ria, como la ma­yor parte de su pueblo, y esto le hizo des­cubrir muy pronto que su des­tino estaba ligado al de todos los oprimidos.

 

Fue consciente del deber de transmitir sus ideas, inquie­tu­des y cono­cimien­tos a los suyos, a pe­sar de los riesgos, ciertos, que esto lle­vaba consigo, como después se demostraría, desgra­ciadamente. Supo expresar todo eso por medio de cuentos e his­to­rias que llegaban a lo hondo de la conciencia de los le oían o leían. El régimen monárquico de los "sátrapas" dirigido entonces por el llamado "Sha de Persia", corrupto y sanguinario personaje, reco­noció enseguida lo "venenoso" de sus relatos.

En 1968, Behrangui desapareció sin dejar huella.

Tiempo después, si, se en­contró su cadáver en el río Aras, al norte de Irán. Había sido ahogado por la policía secreta iraní del "Sha", la siniestra SAVAK.

Pero sus cuentos para niños no dejaron por ello de ser populares en Irán; lo son ahora mismo. Su asesinato fue, por tanto, un acto tan criminal como inútil: no hizo más que au­mentar el prestigio, la fama, del escritor entre su pueblo. El más celebre de los cuentos es precisamente este, Mahi Siah Kuchulu (Pequeño Pez Negro); narra la historia de un pequeño pez que huye de su arroyo natal y parte en busca de un mundo me­jor. En el trans­curso de su viaje libra una heroica lucha contra Pelícano y Cuervo Marino que tie­nen aterroriza­dos a sus her­manos peces.

Tenemos que decir que lo transcribimos de un texto apenas legible sin pie de imprenta y sin especificar quien es el traductor (hay párrafos que no se le ven bien las palabras y hay que adivinarlas; otras que no se ven en absoluto y lo escrito es responsabilidad de un servidor. He añadido un pequeño párrafo (y lo indico); e igualmente es de mi responsabilidad la separación del cuento en capítulos.

Alguien dijo de él (de Samad Behrangui): "su verdadera obra maestra fue su vida". Ya en el cuento se puede leer, en boca del personaje prin­cipal, lo siguiente:

"La muerte puede abalan­zarse, ahora, sobre mí, ines­peradamente, pero, mientras pueda, no me enfrentaré a ella. Si un día aparece en mi camino, lo que acae­cerá, tarde o temprano, sin duda alguna, no me importara. Solamente tiene verda­dera im­portancia el valor que haya tenido mi vida o mi muerte para los demás..."

JoséMaríaAmigoZamorano

Era la noche más larga del año.

Allá, en medio de profundas aguas, Abuela Pez había congregado a sus doce mil hijos y nietos a su alrededor, para contarles una historia que les sirviera para vida:

a) Inquietud

É

rase una vez un pez al que lla­ma­ban, allá, en sus aguas, Mahi Siah Kuchulu; es decir: Pequeño Pez Ne­gro. Vivía con su madre en un arroyo de aguas frías, claras y limpias que nacía, aguas arriba, del deshielo de la nieve, en las pa­redes ro­cosas de la montaña; y luego se precipi­taba en saltos y rápidos hacia el valle... pero esto él no lo sabía.

Su casa se hallaba detrás de una roca negra, cubierta con un te­cho de musgo suave, de color verde oscuro, que en días de sol ruti­laba como una esme­ralda y cuando el astro se ocultaba íbase vol­viendo negro como el miedo. De­bajo de ella pasaban las noches madre e hijo.

Mahi Siah Kuchulu, al que, nosotros, aquí, llama­remos Pequeño Pez Negro, siem­pre ha­bía de­seado que la luna alumbrara su sombría casa, aunque solo fuera una vez; pero hasta su morada, desgraciadamente, no lle­gaba nunca ni tan si­quiera un débil rayo de luz.

De la mañana a la noche, ambos na­daban juntos; y de vez en cuando, se con­gre­gaban con otros peces subiendo y bajando, bajando y subiendo, el curso del arroyuelo.

De los diez mil huevos que ha­bía puesto la madre, él era el único que se había salvado de los depredadores, en la lucha por la vida; el combate le había robustecido y, en ese momento, por qué ocultarlo, tenía una sa­lud de hierro; casi tan fuerte como las piedras del cauce que, nadando, tenía que sortear to­dos los días.

Sin embargo, desde hacía algu­nos días se le veía, cabizbajo, pensativo y ha­blaba muy poco. Se deslizaba, perezoso e indife­rente, nadando de acá para allá... y, con fre­cuencia, con harta fre­cuencia se apartaba, distanciándose de su ma­dre.

A Mamá Pez, la verdad, no le in­quie­taba mucho el anómalo comportamiento de su hijo, diciéndose para si, que serían lige­ras do­lencias; o, como mucho, enfermedades periódi­cas juveniles que duran contados días y se van sin apenas dejar huella.

Pero él no estaba, ni poco ni mu­cho, enfermo. Eso si, le preocupaba una cosa que solo él sabía, por eso estaba de talante tan huidizo y esquivo.

Una mañana temprano, antes de los primeros rayos de la aurora, se levantó de­cidi­do y, des­pertando a su madre, le dijo:

--¡Mamá!, necesito hablarte.

Ella, que estaba todavía medio dormi­da, le contestó:

--Hijo mío... ¿ahora?... déjalo para más tarde...

--No mamá, porque es preciso que me vaya ya. --Bueno, bueno, pero... ¿no prefie­res que vayamos a nadar juntos?

--No me refiero a hacer lo de todos los días, mamá... Repito: es necesario que me vaya.

--¿Necesario que te vayas?

--Si mamá.

--¿Y dónde quieres ir tan tem­pra­no?

Pequeño Pez Negro se lo explicó:

Quiero descubrir el final de este arroyo. ¿Sabes mamá?... una cues­tión me está preocupando desde hace va­rios meses: saber donde termina; y hasta este momento no he hallado una respuesta satisfactoria. Y no he dormido en toda la noche pensando conti­nuamente... De modo que he decidido irme yo solo, nadando a la ventura, hasta donde termi­ne esta corriente de agua. Quisiera saber lo que ocurre en otros lugares.

Seguirá