5. Los Ramales

 

Sonó la cerradura de la puerta en ese momento. Posteriormente un portazo. Entró el consorte en la cocina haciendo eses beodo perdido. Vio la boca ensangrentada de su hija y la sangre derramada en el embaldosado e impresionado imprecó:

-- ¿Qué ha pasado aquí, mecagüen...? ¿qué le has hecho a la hija, borracha de mierda?

La hembra, abiertos sus sanguinolentos ojos como platos, por toda contestación, iba retrocediendo hacia el frega­dero; tal ademán le vino a corroborar al cónyuge en la nebulosa de borrachera la certidumbre de que su desposada ha­bía agredido, otra vez, a su pequeña; y sin poderse contener se acercó a ella dándole un puñetazo en la cara que le par­tió el labio.

--¡Mal rayo te parta, c...! -- acertó a manifestar la esposa.

Esta vez el temulento varón le pegó un puntapié en la entrepierna que la dobló de dolor cayendo seguida­mente al suelo ovillada y como un fardo, inútil ya; su semblante, pegado al pavimento ensangrentado de la cocina, volviose amarillento.

La niña empezó a vociferar asustada; la sangre que retenía en su boca, al abrirla para gritar, derramose como el vino de la cuba por la espita:

--¡Cállate, hostias! - dijo el padre.

Y levantó el brazo para arrearle.

--¡No, papá!, ¡no me pegues!, ¡te quie...! --se quebró el sollozo y la palabra de la niña abriendo los ojos desmesuradamente sorprendidos de hallarse en la cama.

Al poco apareció su madre en la habitación diciéndole:

--¡Ale! Tamaltrada, cariño: es la hora de levantarte para ir a la escuela.

--Y no te vuelvas a quedar en el patio jugando. Nada mas salir de clase te vienes para casa, ¿me has oído?.

-- Si, mamá. Te quiero mucho --dijo la chicuela suspirando abrazada con fuerza a su madre y aun con la angustia del sueño en sus entrañas.

 

 

Y colorín colorado. Final