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La Coctelera

Okonkwo

África, cuna de la Humanidad

11 Agosto 2007

Iswe Letu: ¡Malditos! ¡Ricos tendríais que ser!

Salió a pasear su ociosidad. Pero, antes de empezar su camino, quería dejar constancia que le hubiera gustado tenderse en prado de verde y fina yerba, al lado de una piscina hecha para él solo.
Luego, fue cuando la vio en su cama, o en su casa, que venía a ser lo mismo.
Salió, como digo, a dar una vuelta por el pueblo. A ver, cómo, la vida corría sin necesidad de su concurso. A comprobar, una vez más, que el fluir de la existencia sigue imparable, sin importarle que un garbanzo o un pimiento, más o menos, entre en la cocedura. Con esta amarga conciencia, de realismo extremo, caminaba calle arriba oyendo el rodar y rozar de los coches sobre el asfalto mojado. Quien (me refiero al asfalto) con el calor que hacía, seguro que saltaba de contento con este doble despilfarro de agua. Lo de doble es: por una parte, el agua que saltaba las tapias de los jardines privados y por otra, la riada que tenía su origen en el desbordamiento de los setos, por donde pasaba la tubería de goma del llamado riego gota a gota que los empleados del ayuntamiento hacen pasar por plantas que, éste, puso hace años o de los alcorques de los numerosos árboles plantados en la calle.
Árboles y plantas, adornaban de manera irregular todo lo largo de la calle. Adorno irregular pues, plantados, como lo fueron, hace años, que ya he dicho, no habían sido cuidados como se debía y algunos de estos vegetales se secaron, lo que hacía, de esta irregularidad, para qué negarlo, un verdadero adefesio.
Pero bueno, irregular o no, las fincas, con sus casonas que a ambos lados de la carretera se levantaban, lo agradecían. O por lo menos, seguro que su precio se habría incrementado un poco más. A los dueños, posiblemente, les importaría un bledo unas plantas mas o menos; ya de por sí, sus jardines estaban de flora a rebosar. Y, por cierto, bien protegidos por muros de considerable altura, impidiendo que su intimidad fuera violada por miradas impertinentes. De modo que, los setos y árboles callejeros, ni los veían.
Había salido a pasear. Dicen los higienistas que es muy bueno para la salud…
Y él decía que, igualmente bueno para la salud… ¿igualmente bueno?... no, mucho más, era tumbarse en una hamaca bajo las palmeras rumorosas y ruborosas cerca de playas, por ejemplo, como las de Cuba; o tirado en arena, suave y blanquísima, de un paraíso tropical cualquiera (para qué discriminar a nadie) con olas suavemente mecidas por brisas con aromas de jazmines, (u otros aromas cualesquiera, buena gana de relegar a unos por otros), y con el agua casi en calma chicha…
Bueno, si, -lo reconocía- es verdad la bondad del pasear, sin necesidad de que estos higienistas u otros ‘istas’ cualquiera lo digeran; pero siempre en unas determinadas condiciones… "porque, pienso yo -decía- el solo pasear, sin más ni más, no vale… porque, vamos a ver, ¿alguno ha tenido en cuenta el efecto malsano que puede tener el cabreo que produce, en el caminante, como yo, la cara insultante de las mansiones citadas, exhibiendo, obscenas, su riqueza?…" No. No lo han tenido en cuenta. "Son científicos de andar por casa, de tres al cuarto, de pacotilla, o... me callo porque sino… la lío".
"Pero… -y se paraba- no, yo lo voy a decir… Voy a decir lo que hago frente a esas putas casas: aprieto los puños, arrugo el ceño y sigo adelante, ya de mala leche, todo el camino. No me queda otro remedio. Aunque bien quisiera asaltarlas, nacionalizarlas, municipalizarlas, comunizarlas… Pero sigo el paseo. Y eso que estoy convencido de que estaría mejor junto a una piscina echado a la bartola. O zambulléndome en el agua sin que nadie pudiera atisbar ni un pelo de mi poblada piel de mono hecho hombre. ¡Ah, qué gozo, qué placer!... sería tirarme en la yerba todo lo largo que soy… ser acariciado por el suave y húmedo césped…
Sin ir mas lejos como esa que se veía ahí arriba. Y que la había atisbado nada más emprender el camino calle arriba. En ese rascacielos verde. Como un árbol gigante, grandísimo. Exhibiendo su veraneo en la cúspide. Allá en la cima. En lo más alto. Y en medio de la finca. De esa mansión. "Para envidia de los que vamos a ras de suelo", pensó.
La miró fijamente: allí está con su colorido binario: como una gran dama: de blanco y negro: en actitud lánguida: desmadejada: suelta: toda tumbada como a él le hubiera gustado hallarse, en lugar de pasear respirando el humo, la mierda que despiden por los tubos de escape; a veces, casi a chorros negros y otros, en suaves venenos de un gris blanquecino, los automóviles que pasan continuamente. Respirando muerte lenta, pero muerte. Y además, para mas INRI, desde los ventanales de los palacetes, porque algunos lo eran, por ricachones que, a esas horas, se levantarán de sus camas o poltronas. O permanecen en ellas riéndose de los que, como él, observan con envidia, no sólo porque quisiéran poseer la casa, sino yacer con su matrona y si fuera posible en el propio tálamo.
"Pero no tenemos otra alternativa -se dice- que seguir zambulléndonos en el aire viciado, ya que no podemos hacerlo en la propia piscina, por el humo de los coches. Muchos de ellos de hijos, sobrinos o nietos de esos mismos gandules que, sin haber dado un palo al agua, tienen todo el agua que quieren, piscinas enteras…" Se paró en mitad de la cuesta. Miró hacia atrás. La volvió a ver. En el abeto rascacielos. El negro se disimula un poco con el verde oscuro del rascacielos, pero el blanco cae hacia un lado. Una demostración palpable… "¡Alto ahí! -exclama para sus adentros- Más que palpable, que más quisiera yo, visible... de cómo se deja acariciar por el viento de la altura. De esa altura donde goza del verano, sin importarle lo más mínimo lo que puedan murmurar, para murmurar ya lo hace ella, los mirones como yo, que la contemplo alelado."
Su equilibrio sobre el abismo da hasta miedo; y envidia y rencor por no poder estar donde ella se halla. No se puede aguantar y coge los prismáticos. Como un viejo verde. Como un voyerista. Es un placer que se puedo permitir. Ese sí. Un instrumento que le hace volar hasta su nido. Ahora ve perfectamente. No es lo que pensaba. La cigüeña está muerta en el abeto centenario. Su cuello y su pico caen de un lado nido abajo. Eso es lo que parecía como si estuviera desmayada, desmadejada, tumbada… Los del chalé, por lo que se ve, se han cansado de oír el machaqueo del ajo de la cigüeña. Y, como está en su finca, la mataron.
¡Malditos! ¡Ricos teníais que ser!

servido por okonkwo 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

pvwcyz

pvwcyz dijo

Welcome to see my blogs, there are lots of stories about luxuries.

29 Noviembre 2010 | 06:42 AM

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Sobre mí

Aficionado, diletante. Rebelarme seguro ante la injusticia. Eso de que el hombre explote al hombre se debería de acabar. 'El arroyo de la sierra me complace más que el mar'. 'Con los pobres de la tierra', no con los mendigos, 'quiero yo mi suerte echar'. Por lo demás no soy amigo de todos. Eso ni hablar. Incorrecto políticamente. Y poco más... que pueda interesar al común de los lectores. ¡Ah!: ¡Viva la República! Sin duda, España, mañana, será republicana.

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