Recordaba que tenía una denomicación muy similar a Jara Rosa o María Rosa. Y lo recordaba precisamente porque Jara Rosa fue una moza de mi misma edad por la que, de muy jóvenes, todos sentíamos una atracción irresistible. No, no era guapa pero tenía un algo… Ese algo podría ser unos grandes labios rosados, carnosos… ¡Aún tiemblan los míos!

No sé que habrá sido de ella. Tal vez se haya muerto o esté tumbada en la terraza de una ciudad o en una playa y sus labios encarnados estén acariciados por el sol, comoacaricia a ésta que está ahí, al lado de las otras tres que, sin embargo, se mantienen a pie firme, enhiestas. Tendré que preguntarle el nombre a alguno de los amigos de mi pueblo. Ellos, seguro que la conocen y sabrán su nombre. De paso les preguntaré si se acuerdan de Jara Rosa. “Ah, si, me dirán, la de los morros de rosa” Y se reirán. No porque la tal Jara Rosa provocara la risa, no; simplemente por la comparación que hicimos entre los labios de ella y los morros, además, de una rosa. Los conozco bien, se reirán.

Fue, sin duda, denominada así por lo abierto de sus labios que se salían de lo común, sin afearla; al contrario: volviéndola más atractiva. Una prueba fue aquel día, a la caída de la tarde, casi de noche, a la hora en que se rezaba el llamado Santo Rosario por la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, hacía el templo católico nos dirigimos todos los medio jóvenes, casi niños. Ibamos tras ella. Pisándole los talones a Jara Rosa. Y tantos éramos que debió de temblar de miedo y echó a correr, cuesta arriba, hasta la iglesia. Lloraba y el cura nos echó una violenta filípica que no comprendimos.

Y es que ese algo, esa atracción, que decía más arriba era, qué se yo, casi animal, sexual, a lo bestia. Lo digo, porque entre los que le seguimos había algunos mozos hechos y derechos a los ya se les endurecía, bien endurecida, la picha, como a los burros cuando están salidos.

Aquella atracción que ejercía debe ser similar a ésta que está ahí ejerciendo, tirada todo lo larga que es: hacia ella también se van muchos moscones, abejorros, mosquitos… en fin: todo bicho con ganas de meter el cuezo, chupar, lamer…

Lo comprendí recordando a la Jara Rosa, la moza de mi misma edad, porque también ésta tiene el colorido rosáceo. En este momento parece mirar al sol, ese que, como dice el poeta Perse, está entre nosotros y su fuerza es patente aunque no le nombremos. Tan poderoso que ella quiere ser penetrado por él; y más, ahora, que siendo verano, hay que aprovecharse de cada rayo, de cada brizna dorada, sacarle todo el provecho posible; pues, aunque al principio parezca muy larga la estación estival, es, en realidad, muy corta; luego el otoño aparece entristeciendo poco a poco la naturaleza, viniendo, el verde lujurioso, a extinguirse para entrar en el invierno, libre de polvo y paja; estación que es el reino de la nada. Relativa, es cierto.

Mas ella, acostada entre el follaje, no lo sabe. No puede saberlo, porque la conciencia de la caducidad o perennidad de las cosas de este mundo, en plena floración, cuando todas las potencialidades se hallan en la cúspide, latiendo, consumiéndose en su fuego, el término, el final del trayecto, se ve lejos, tan lejos que el pensamiento no pierde ni una milésima de segundo en entretenerse en esa remotísima posibilidad; posibilidad que, como el astro rey, se halla entre nosotros, según recordaba Perse. Pero, para ellos y para ellas, para la juventud en general, si, acaso, existe, es en dichos populares, en frases hechas, en consejas de brujas, en cosas de viejos, que, algún día, cobrarán siniestra relevancia, pero ahora, aquí y en este momento… se halla fuera de circuito.

¡Ah, la morros de rosa!... Parecida, a ésta, hasta en la vegetación que le rodea: parras, enredaderas, cardos, cañalejas, anises, amapolas reales… yerbas por doquier, todo asilvestrado, donde nadie se ha preocupado de cortar nada…

Parecido, semejante, a aquel otro lugar. En la misma estación. Cuando el sol más aprieta las tuercas de su poder. Entre mediodía. Hacía las dos o las tres de la tarde. En esa hora en que solo se oye a algún que otro zumbido de insecto. Cuando las abejas y las avispas acuden a beber, sedientas, a los charcos y fontanas. Cuando los pájaros se refugian entre el ramaje de los árboles. A esa hora entró la moza, dispuestos sus labios carnosos, rosados, a masticar moras, a morder manzanas, a acercarlos a los racimos de uvas de teta cabra, a charlar, a conversar, a jugar, huyendo de la siesta. Levantaba las piernas, mucho, al andar entre la maleza, para no lastimarse con las espinas de algunas plantas. A cada paso dejaba ver su piel blanca como el marfil, entre sus piernas, a la altura de su sexo cubierto de negra tela. El que la esperaba ardía en deseos. En una de las zancadas sintió la moza un pequeño arañazo en el muslo, cerca de sus bragas negras. Se levantó la falda y comenzó a frotarse. Miró en derredor. Nadie. Las plantas la cubrían, amorosamente, impidiendoni un atisbo amiradas impertinentes. Se arrimó, muy cerca de él, al árbol. Se sentó bajo sus ramas, recostando en el tronco su espalda. ¡Qué gusto! ¡Qué placer sentía al frotarse sus muslos en la intimidad cubierta de parras, enredaderas, amapolas reales, malvarrosas…!

Interrumpió sus recuerdos… ¡Claro! ¡Malvarrosa!... Esa era la flor que yacía en el suelo. Sus flores rosas, abiertos los pétalos, como los morros de Jara Rosa. La malvarrosa tirada ahí, junto a las otras tres que, por lo que fuera, permanecían de pie...