7.
Venía de muy lejos y como si acabara de nacer. Se acercaba a paso rápido; y a cada zancada se le vía crecer y acumular años en su rostro; ¡se agrandaba por momentos! Desde la taberna parecían esperarlo. Tenían que decirle algo al caminante. Se paró un momento ante el umbral. Iba a seguir su marcha, cuando desde dentro de la taberna le invitaron:
--Amigo, pasa, siéntate y descansa, bebe saboreando el vino en esta copa de arcilla y, creemos..., no, creemos no, estamos seguros de que gozarás de una felicidad que Mahmud no conoció. Escucha atentamente los melodiosos laúdes de los amantes: son los verdaderos salmos de David. No te preocupes por el pasado ni te entenebrezca el futuro. Que tu pensar no se alongue mas allá de estos placenteros instantes. He aquí, sin añadidos, ni remiendos, sin palabras fraudulentas, el secreto de la paz.
8.
Desde los más remotos tiempos, el reino de las tinieblas, la noche, la oscuridad, ha entenebrecido la vida del ser humano; incluso muchas veces ha sido odiada por los hombres que, queriendo vivir eternamente, saben que morirán sin remedio; mejor dicho, odiada por la razón de los hombres, que ven pasar una horas como muertos, horas robadas al placer de los sentidos, cuando la vida se les escapa a pasos de gigante.
Al amanecer, cuando la luz ha vencido brillantemente a las tinieblas, Omar Khayyam se levanta, saluda al alba henchido de alegría y, dirigiéndose a su acompañante, dice:
--¡Oh, mi hermosa amada!, para empezar a olvidar las amarguras de las sombras, canta; pero solo para mi, no necesitamos auditorio y escancia vino en mi copa de arcilla. Recuerda que el transcurrir del Tiempo ha entoñado para siempre cien mil reinos de Djem y kais bajo tierra.
9.
A Omar Khayyam le llegan noticias preocupantes de su antiguo amigo, Hassam el Sabbah, al que luego han apodado los cristianos El Viejo de
Preocupado, desde su palacio contempla, abajo, el ajetreo de la calle más cercana; levanta la vista, un poco mas allá: en el mercado, las voces de las vendedoras, pregonan sus mercaderías; y los santones, unos sinceros y otros tratando de embaucar incautos, predican en la plaza ante un numeroso corro de gente, en nombre de Alá el Misericordioso...
--¡Ay, querido amigo!... también yo, lo mismo que tu, lo mismo que otros, sembré la semilla de la sabiduría, y me he sacrificado, esperando día y noche, sin apenas un minuto de descanso para que germinase... Empero yo cosecharé estas innegables verdades: que de algún lugar ignoto y sin querer llegué como el viento y que a algún lugar desconocido y sin que cobije el más absoluto deseo me iré como el agua.
Y decidido a que las elubraciones no lo aplasten sale a reunirse con los amigos en la taberna.

Aprovechar el momento,vivirlo mientras lo bebemos y saboreamos cada gota que nos ofrece esta vida regalada...un besiño