José Mª Amigo Zamorano: La Nostalgia del Rabino (VIII)
Epílogo Los musulmanes respetaron a aquel desconocido taumaturgo que recomendaba a sus parroquianos ser indómitos, vigorosos y bizarros como un toro, ante los agresores; y cautelosos y escurridizos, como los culebras, ante los poderosos:
--"Debemos comportarnos como jinetes en toro embridado de serpientes; es decir que la sagacidad y el entendimiento encaucen nuestra voluntad de contrarrestar la poderosa injusticia: así seremos invencibles" - solía rematar su sermón el rabino Efraím.
Hay que decir, en consideración a la verdad, que lo del toro bravo no lo entendieron, cabalmente, las gentes de aquel lugar, donde no había toros así, pero le permitieron vivir en la ciudad. Efraím hizo de Tlemecen una Hervás particular: una detención momentánea: una alto en el camino. Algún día volvería a su alfoz judío en Shefarad. Y continuó estudiando el Talmud. Fue asimismo un competente galeno y como sanó a la hija del Sultán, consiguió en recompensa la autorización, para sus hermanos de España y otros territorios, de poder congregarse en Tlemecen y así reflexionar sobre sus palabras; palabras, en momentos, dulces y en otros instantes indignadas por la inicua y obligada dispersión del albergue comunitario, de la que, él y los suyos, fueron objeto, acordada por los serenísimos Isabel y Fernando; palabras que se resumían en un verso de su admirado poeta, Ha-Leví, una y mil veces repetidas:
-- "Mira como por tu causa me revisto de venganza: te amo".
SEGUIRÁ
