Dongola


Conrad
Fue adoptado hace pocos días. Era negro. Casi de azabache. Ojos saltones, brillantes, color de miel. Le íbamos cogiendo cariño. Jugábamos con él. Pero él nunca se cansaba. Era una buena señal. De que estaba sano, creíamos.
Desde el primer momento se llevó muy bien con el otro, de raza blanca. También lo habíamos adoptado. Aunque hacía ya más de un año. Menos vivaracho, más tranquilo. De ojos azules un poco tristes.

Nuestro primer hijo, blanco, de raza, dijo en tono de broma:

-Es todo un ensayo de multiculturalismo.

No lo decía porque se sintiera celoso, no. Había sido él, precisamente, el impulsor de las adopciones.

Este negrito que mentamos comía mucho. De todo. Incluso comía parte de la ración del otro.

Nuestro hijo, de raza blanca, solía decía:

-Un día, revienta.

-¿Por qué?... Tiene hambre... Sabe dios dónde habrá estado... Mira esas pobres gentes que vemos en la tele... a diario... -razonó mi marido.
Nos vinieron de golpe, lo comentamos, imágenes de muchedumbres hambrientas rodando por caminos sin fin... pateras atestadas de negros y negras, casi siempre delgados, no famélicos, hasta dignos dentro de su pobreza, aunque, muchos de ellos, tambalearan al andar, tambaleo causado por la debilidad de numerosos días de navegación sin comer y sin beber...
Era, entonces, cuando nos encorajinábamos. Atropellábanse para salir a la memoria (memoria de entes leídos y escribidos, nosotros, todos blancos) los hechos más crueles que la rapiña mundial había causado en la humanidad doliente; y nos cagábamos en lo más barrido del capital imperialista; y deseábamos que los pueblos del mundo corrieran, como hacía nuestro negrito particular, tras el blanco, para romperle la coyunda de ese mismo capital que los ataba a la miseria.
Incluso, íbamos más lejos: lo personalizábamos, individualizándolo en personajes, más bien personajillos, pero atroces, de ese capital sin entrañas, bañado en sangre de los pies a la cabeza, como dejara dicho Marx (D. Carlos) Le poníamos nombre; por ejemplo: Leopoldo, rey de los belgas, que tuvo, para él solito, al Congo. Al que robó y esquilmó. Asesinando, de paso, a miles de pobres congoleños que se rebelaban contra la explotación.

Y en ese empujarse, para salir del olvido al teatro de muestro recuerdo, apareció, en primer lugar, aquel horror de 'El corazón de las tinieblas' de J. Conrad y, más tarde, párrafos de la novela 'El fuego de los Orígenes' del congolés Emmanuel Dongola, como este:

"Cierto día una veintena de abrumados obreros se negaron a continuar el trabajo pese a las amenazas del ingeniero jefe. El contramaestre eligió cinco hombres al azar, entre ellos a Djermakoye, les puso un collar de dinamita alrededor del cuello y les hizo saltar por los aires. Lo demás volvieron inmediatamente al trabajo".


Pero no es lo mismo verlo por televisión o imaginárnoslo leyendo, que contemplarlo, a pequeña escala, por supuesto, en la propia casa. Aquí la animalidad adquiere carta de naturaleza. Dura. No llegando a los extremos del texto de Dongola, claro. Pero dura. Sin el cendal de la imagen o de la letra. Ahí lo teníamos, al negrito, comiendo y comiendo, voraz. Sin saciarse. A todas horas. Lo que fuese... Y tanto que no nos asombrábamos de sus abundantes deposiciones.

-¡Qué cagadas!... ¡Cómo huelen, madre mía! -exclamaba nuestro hijo, blanco, de raza, el mayor de los tres.

-Así debieron de ser los excrementos dejados por el rey Leopoldo: abundantes y hediondas cagadas. -sentenciaba mi esposo.
Seguimos citando a este individuo. Mal hecho. Lo sabemos. Porque, leopoldos ha habido en todas épocas y lugares. Y en una escala muy superior. Por ejemplo: la reina Victoria, de la Inglaterra victoriana imperial, le dio sopa con ondas a Leopoldito; o Felipe II de España de cuyo Imperio no se ponía el sol... Y olvidándonos de monarcas y lechuguinos, o de lechuguinos y monarcas, recordamos las tropelías que, los yanquis, han hecho en los últimos años de nuestra historia y transforman al personajillo en cuestión en un enanito: el enanito Leopoldito.
De modo, viendo correr a este negrito tras el blanquito, en nuestra casa, es como una representación de lo que harían los pueblos del mundo, los pueblos pobres del orbe, con los banqueros, generales, terratenientes, rabinos, imanes, obispos... si, por supuesto, pudieran: se los comerían a bocados, sin masticar... aunque... después tuvieran que vomitarlos... ya que todo... todo... no se puede digerir.
Y esto último lo decimos porque, nuestro negrito particular, oriundo de España, (buena gana de traerlo de Rusia o China), compatriota, callejero, vomitó el otro día. Lo que, al principio, nos preocupó. ¿Qué le habría pasado?... ¿Lo alimentábamos mal?... ¿Habría ingerido algún veneno?... ¿Estaría caducada la comida?... Mas, siendo testigos directos, porque lo veíamos a diario, de lo mucho que tragaba... consideramos, apaciguándonos, hasta lógica, la vomitona, el devuelto. No todo se podía digerir.
Empero, contemplando, (lo observábamos ahora mismito), lo que aparecía a nuestra vista, el negro corriendo, feroz, a por el blanco, y arrancándole, como le arrancaba, rabiosamente, pelos de la cabeza, ¡todo un mechón de pelos blancos!, con las uñas, y con las uñas se los llevaba a la boca y se los tragaba... enteros... ¡No veais!... el negrito... de ojos saltones... brillantes... color de miel... al que le íbamos cogiendo cariño... el pequeño de pelo de azabache... el de pelo negro... el gato negro, negrito...

¡Claro!... luego... el gatito... el negro... devolvía los pelos... los vomitaba...

Pues, es evidente: no todo lo que se come se puede digerir.

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Fdo: José Mª Amigo Z.