Por José Mª Amigo Zamorano

(a) Un sonido impreciso

Anduvo muy pocos metros, después de hablar con un joven obrero al que conocía, cuando llegó hasta sus oídos un sonido que no era ni palabra, ni cántico, ni silbido, siendo todas esas cosas a la vez y algo más: una notable mezcla de alegría desbordante y nostálgica rebeldía. O eso creyó él.

Miró hacia atrás. Hacia el obrero. A pesar de estar seguro de que el origen no estaba allí. Lo pensaba al haberle parecido, como le pareció, un ser sumiso y obediente. Buena persona, eso si. Bondadoso, además. Pero nada inclinado, creía, a arrebatadas rebeldías. Fue la conclusión a la que llegó. El retrato que extrajo de él. Que le iba a hacer.

Alguien podría pensar que su manera de clasificar a las personas era muy simple. Sectaria, quizás. Y lo era. Pues siempre estaba soñando con manifestaciones y movimientos revolucionarios en donde masas obreras tendieran por el suelo al sistema capitalista en oleada incontenible. Es por lo que catalogaba a los interlocutores como sumisos o rebeldes, de inmediato. Y le gustaba, claro está, más los rebeldes al presumirles disposición a tumbar ese Capital de donde brotaban crisis, como en la que estamos ahora inmersos, que lanzan al paro, a la pobreza, incluso al hambre, a millones de personas.

El obrero seguía subido en la máquina haciendo zanjas. Un trabajador polivalente: zanjero, cableador, hormigonero... un esclavo valioso al que, aún, no había echado del curro. Siguió su derrota andariega... Nunca mejor dicho 'derrota... Hacía años que caminaba derrotado, vencido... Ningún sueño de libertad por el que luchó llegó a materializarse. De manera, que, su derrotero, en este caso, iba derecho como espina a la herida de su derrota.

(continuará)