(b) Verdeando la dulce otoñada
Si bien, en este momento, precisamente en este, en el que su cuerpo recibía el sol de un otoño luminoso y cálido, no pensaba ni en vencimientos, ni en dolores, verdeando, como verdeaba, por doquier, con el color que dicen de la esperanza, la dulce otoñada. Recordatorio de que volverá a retornar la primavera. Por todo ello, él, al contrario, caminaba henchido de gozo, pleno de bienandanza, al comprobar que, a pesar de los pesares, la vida coninua. Y mientras hay vida hay esperanza... Llegó a sus oídos un sonido parecido al anterior. Más agudo, ta vez. Pareciole distiguir, sin estar del todo seguro, la palabra 'libre'. Sin certidumbre alguna. Y seguido de un silbido o alarido o... Vaya usted a saber... Y nada más. Pero inquietante. Inquietante como sombra que produjo una nube al ocultar el sol un instante. Quien, por fortuna, volvió a lucir de nuevo su poder, para regocijo de caminantes que, como él, andaban a tales horas, pasito a pasito, entre el oro valetudinario que desprendían los árboles de sus ramas. Se quedó quieto. Prestó atención por si acaso el sonido volvía a repetirse. Al tiempo que escudriñaba con sus ojos puertas, ventanas... cualquier rincón... Efectivamente, sus oidos tornaron a captar ese sonido... ni palabra, ni silbido, ni cántico. Y que tenía todas esas características. Se sintió impelido, sin saber el por qué, a seguir el rastro que el viento le trasmitía.
(c) El Colmenar abierto
Tras doblar una esquina se sorprendió, encontrándose, delante de una finca que, siempre, había hallado cerrada a cal y canto, El Colmenar se rotulaba, pero que, ahora, ¡qué casualidad!, tenía abiertos sus anchos portalones. Era una finca rodeada por un alto muro del que sobresalían ramas de árboles muy diversos. Muro interrumpido por un portalón, que se acaba de nombrar, al que se disponía a atravesar un hombre que acababa de dejar un mueble en el suelo, cerca de un camión de mudanzas, que, a la sazón, allí se hallaba. Dudó entre seguir su paseo o... o preguntarle a ese hombre si tenía relación con la finca. Y lo hizo. Al responderle afirmativamente se atrevió a hacerle otra pregunta: la de si podría pasar a ver la finca por dentro. -Verá usted... Es que siempre, siempre, he encontrado este lugar cerrado... -No me extraña. El amo viene poco ahora. Antes, si. Pero se le murió la mujer... Le ha cogido manía a la casa. Y ahora la estamos vaciando... -¿La casa? A lo mejor es mi ignorancia... Pero nunca he visto casa alguna... -Pues si. Hay una casa. Bueno, más que casa es una mansión. No se la ve porque los senderos que parten de la entrada, trazados en curvas, se pierden entre los árboles que impiden verla. Ahora, como le decía antes, le estamos quitando los muebles. -Por algo me picó la curiosidad... Como si esta soledad fuera un misterio... Aquí hay busilis, me he dicho en algunas ocasiones... Mas... si le molesto... El hombre se sujetó el cinto en el que llevaba, entre otras herramientas, una larga llave inglesa y lo miró sonriendo. -¡Oh, no! Pase, pase. Miré lo que quiera. El amo no está... Y perdóneme, pero tengo que seguir trabajando. Cuando hayamos terminado, si usted no se ha ido antes, le avisaremos. -Eso. No me deje encerrado en esta prisión -dijo echándose a reir. -Lo llamaré. No se preocupe.
(continuará)

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