(d) Paseo por el bosquecillo

El hombre siguió un sendero que se abría a su derecha.

Él iba a seguirlo, pero cambió de decisión y se adentró por un atajo que avanzaba hacia la izquierda, olvidándose por completo del motivo que le había llevado hasta allí. Caminó acompañado por el canto de multitud de pájaros. Destacaba, de cuando en cuando, el graznido de los grajos; los cuales, dicho sea de paso, quizás porque intuyan la llegada inminente del invierno, se hacen más visibles y oibles en otoño.

Parose a contemplar dos árboles que destacaban por su altura, un pino y un abeto. Este último tenía en la pingorota el nido de una cigüeña. Le vino a las mientes el dicho ese que reza 'por San Blas la cigüeña verás y si no la vieres año de nieves'. Sin embargo, a estas alturas del otoño, seguía el ave en su nido. Y no le resultó extraño porque algunas ya no emigran a Africa. También en esto se nota el cambio climático.

Al reemprender el paseo dejó la senda adentrándose entre la arboleda tropezando con algo que rodó entre la hojarasca del suelo. Era una piñota. El suelo, aquí y allá, estaba cubierto de ellas.

Dejándose llevar por el albur en el bosquecillo se dio cuenta que caminaba por suelo mullido; suelo blando por la broza acumulada durante años que nadie se había encargado de limpiar.

En un claro encontró, diseminados, numerosos níscalos que dejaban asomar su anaranjado sombrero. Sintió la tentación de cogerlos pero, no teniendo recipiente, los dejó. Al fondo se veían, cerca de unas jaras, agrisados, unos boletos que son, entre los hongos comestibles, de lo más exquisito al paladar.

El hecho de estar ahí esos manjares era muestras inequívoca de que pocas o ninguna persona había transitado por el lugar.

Y, para embellecer aun más el sitio, numerosas florecillas de color lila, que son típicas del otoño, se dejaban ver con gusto a la mirada.

¡Qué bien se estaba allí! ¡Que silencio! ¡Qué paz!

(seguirá)