José Mª Amigo Zamorano: Dudosa autoría del 'Cantar de las dos Torres'
Ya de entrada, en la portada de una de sus últimas publicaciones, 'Cantar de las dos Torres', si no la última, Agustín García Calvo (D. Agustín) que algunos le dicen El Maestro; y con razón porque maestro fue en institutos, academias y universidades y aún sigue ejerciendo su magisterio; en la portada, decimos, su nombre, como autor de este cantar, aparece entre signos de interrogación; además, de su puño y letra, es decir: con su caligrafía particular.
¿Cual fue su impulso?... ¿Por qué lo hizo?... ¿Qué quiere indicar con esos signos?... ¿No se considera autor del librito?... ¿No son suyos los diecisiete poemas?... ¿O qué?...
Examinemos: lo que narra no ha nacido mayormente de su imaginación, ya que, como se dice en la contraportada, 'aprovecha el resonante derrumbe de las torres gemelas' de la imperial ciudad de Nueva York. De modo que, en puridad, son otros los que tendrían que apropiarse de ese escacharramiento, del amasijo de materiales y cadáveres, en que se convirtió la Fe de querer posesionarse del cielo, al tiempo que le ponían barricadas a la trayectoria de los rayos del sol sobre los humanos; y fueron otros los que, impulsados por la Fe, estrellaron 'tres aviones, tres de chatarra y de pedo de gas' contra esos complejos arquitectónicos de la vanidad; no ha sido él, precisamente él, el inventor, el ideólogo, de tal hazaña; de su caletre no ha nacido semejante desbaratamiento; brotó de la Fe contra la que guerrea; a ella, y sólo a ella, hay que colgarle el mérito.
Como de interrogación se trata, queda la duda. Aunque quizás no está bien expresado, no, al poner 'duda'; no, no es la duda, sino certeza lo que queda: él ha escogido las palabras, ha hilado las frases, ha colocado el pentagrama y le ha puesto música a la epopeya: música 'risueña y tremebunda'. En resumen: ha querido dejar constancia literaria del colosal estropicio de la Fe que, en ocasiones, dicen, mueve montañas; en este caso concreto desmorona torres que antes había levantado.
Pero, quizás, haya querido decir algo sobre las autorías de las obras literarias con estos signos de interrogación con que cierra su nombre: ¿Agustín García Calvo? Efectivamente, ya lo hemos dicho, él escoge los vocablos, engarza las oraciones y elige el formato: la epopeya.
Y, sin embargo, todo -o casi todo- (¡qué exageración por nuestra parte!) le viene dado desde antaño: ya en Grecia se hacían esos cánticos; Homero lo materializa en la Iliada y la Odisea. Pero, ¿es Homero un creador personal o un ser colectivo?... ¿no estaba en el común de las gentes?... ¿no se contaba, así, al amor de la lumbre?... ¿no se ha trasmitido de generación en generación, de padres a hijos?...
Y mas todavía: ¿no son los autores, que firman individualizándose, herederos del común?... ¿no se copian en ocasiones las ideas unos a otros?... ¿no se choricean hasta versos enteros sin citar su origen?... ¿no lo hemos leído (sin que esto desdore su memoria) en cumbres poéticas tales como Lorca, Alberti y otros?...
Ya escribimos, en una anterior reseña sobre este mismo poemario, que el Conde Volney en su libro 'Las ruinas de Palmira' pone de relieve, para que se vea más claro lo que es la Fe, cómo, antes de la batalla, los ejércitos rezan a Dios para que les sea propicio en su guerra contra el enemigo. Involucran a Dios (ese fantasma) a fin de bendecir tal carnicería. Ambos creen. Tienen Fe. Agustín García Calvo (D. Agustín) quien guerrea contra esa Fe, como nosotros, seguro que conoce esa obra. Y la habrá leído. Sin duda.
Esto no quita, en modo alguno, valor al 'Cantar de las dos Torres'. Es más, su interrogación de la portada incrementa su valía porque lo une, se une y nos une, nos ata, nos enlaza, más, al Hombre Colectivo sin dejar de ser individuos.
Y para terminar ya: en otro escrito (si es que lo hacemos, que eso está por ver) veremos qué se nos desprende de él (del cantar de esas torres) en cuanto al modo y manera de guerrear contra la Fe que monta, como hemos podido ver, estos tinglados tan sangrientos. Lo decimos porque se nos viene a la memoria el legado escrito de Aimé Césaire, en su 'Cahier d'un retour au Pays Natal', impidiéndonos permanecer como mirones:
"Y sobre todo mi cuerpo y también mi alma, guardaos de cruzar los brazos en la actitud estéril del espectador, pues la vida no es un espectáculo, un mar de dolores no es un proscenio, un hombre que grita no es un oso que danza... '.
Habría que actuar en consecuencia.


abril-ale dijo
"Un hombre que grita no es un oso que danza"
Paso a dejarte un cálido abrazo fraterno.
22 Enero 2009 | 04:26 AM