James Aggrey: Parábola del águila
James Aggrey
Tras varios años impartiendo clases en un colegio de Carolina del Norte, James Aggrey volvió a Africa llegando a ser uno de los más destacados profesionales en Achimota College de lo que entonces se llamaba Costa de Oro, colegio recién inaugurado y que llegó a ejercer mucha influencia. Suya, del dr. James Aggrey, es la frase o proverbio de que para tocar un piano son necesarias tanto las teclas blancas como las negras. Es decir, buscaba la armonización de las razas. E intentó inculcar a los africanos el respeto por ellos mismos como en la parábola que reproducimos aquí.
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La parábola del águila:
Una vez un campesino se internó en un bosque para atrapar alguna ave, un pájaro interesante para tenerlo cautivo en su casa.
Consiguió cazar un pichón de águila, lo que se suele llamar aguilucho. Lo colocó en el gallinero, junto con las gallinas y patos y pavos y comía mijo y otras comidas propias de esas aves. Aunque el águila fuera el rey o la reina de todos los pájaros.
Después de cinco años, este hombre recibió en su casa la visita de un naturalista. Y mientras paseaban por el jardín, dijo el naturalista:
-Ese pájaro que está allí no es un pollo. Es un águila.
-Si -dijo el campesino- es águila pero yo la crié como un ave cualquieraa. Ya no es un águila. Se transformó en un ave como las otras, a pesar de las alas de casi tres metros de extensión.
-No -retrucó el naturalista- ella es y será siempre un águila. Pues tiene un corazón de águila. Este corazón la hará un día volar a las alturas.
-No, hombre, no -insistió el campesino- No ves que es un simple pájaro. En eso se convirtió y jamás volará como águila.
Entonces, decidieron ponerse de acuerdo para hacer una prueba. El naturalista tomó el águila, la levantó bien en alto y, animándola, le dijo:
-Águila, tú eres un águila; perteneces al cielo y no a la tierra, entonces, ¡abre sus alas y vuela!
El águila se revolvió en todas direcciones, mientras estaba posada sobre el brazo extendido del naturalista. Miró hacie el suelo y, viendo a las gallinas allá abajo, picoteando granos, saltó junto a ellas.
El campesino comentó:
-Ya le dije que ella se había convertido en una simple ave de corral.
-No -insistió el naturalista-. Ella es un águila. Y un águila será siempre un águila. Vamos a experimentar nuevamente mañana.
Al día siguiente, el naturalista subió con el águila al techo de la casa y le dijo:
-Águila, tu eres un águila, ¡abra sus alas y vuela!
Pero, cuando el águila vio allá abajo a las gallinas, picoteando el suelo, saltó y fue junto a ellas.
El campesino sonrió y volvió a la carga:
-Yo se le había dicho. Se lo volveré a repetir: no es más que... un pollo. No la ve.
-No -respondió firmemente el naturalista-. Ella es un águila, poseerá siempre un corazón de águila. Mañana haremos una prueba por última vez. Mañana la haré volar.
Al día siguiente, el naturalista y el campesino se levantaron bien temprano. Tomaron el águila y la llevaron afuera de la ciudad, lejos de las casas de los hombres, en lo alto de una montaña. El sol nacía en ese momento dorando las cumbres de las montañas. Y cada peñasco resplandecía en la gloria de esa hermosa mañana
El naturalista levantó el águila al cielo y le ordenó:
-Águila, tu eres un águila. Y ya que perteneces al cielo y no a la tierra, ¡abre sus alas y vuela!
El águila miró en derredor. Temblaba como si experimentase una nueva vida pero no voló. Entonces, el naturalista la tomó firmemente, y la hizo mirar de frente al sol, para que así sus ojos pudiesen llenarse de la claridad solar y de la vastedad del horizonte.
En ese momento, abrió sus potentes alas, graznó con el típico kau, kau de las águilas y se levantó, soberana, sobre sí misma. Y comenzó a volar, a volar hacia lo alto, a volar cada vez más alto. Voló... voló.. Y nunca, jamás, volvió. ¡Era un águila, a pesar de haber sido criada y domesticada como un vulgar pájaro!
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Pueblo mío de África, hermanos y hermanas, nosotros fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Pero hubo personas que nos hicieron pensar como vulgares aves de corral. Y muchos de nosotros todavía creemos que somos efectivamente como gallinas o pavos o pollos. Pero nosotros somos águilas. ¡Abramos nuestras alas y volemos! Volemos como águilas. Jamás nos contentemos con los granos que nos arrojen a los pies para picotear.
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Con escritos como este se fue nutriendo la lucha antiimperialista y se fue formando el nacionalismo africano. Sirviéndole, a algunos, para medrar a cuenta de los sentimientos de los pueblos africanos. Así, hemos visto a luchadores por la independencia subir al poder y terminar siendo marionetas del colonialismo. No nos extraña que Nkruma hiciera un libro titulado 'Neocolonialismo'. Y si, se africanizaron los cuadros dirigentes, pero, ¿para qué? Para hacer lo que les mandaba la antigua potencia colonial.

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Pero hubo personas que nos hicieron pensar como vulgares aves de corral. Y muchos de nosotros todavía creemos que somos efectivamente como gallinas o pavos o pollos. Pero nosotros somos águilas.
2 Febrero 2010 | 05:27 PM